Klabund, Entre montones de libros

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‘Entre montones de libro’ nos ha dedicado su tiempo para leer y comentar ‘Historia de la literatura alemana contada en una hora’, de Klabund. Esto es un motivo de agradecimiento por partido doble: por el trabajo y por las palabras que dedica a nuestro AlfredHenschke ‘Klabund’. Aquí va un fragmento de la crítica y abajo el enlace concreto.

(…) Y también lo es dejarse llevar por filias, fobias y enardecimientos y cerrar el libro pensando que, aunque le falten los últimos años, ahora es más fácil acceder a escritores de otros países, y que en realidad, al abrir este libro, hemos abierto una puerta, o mejor una ventana, y disfrutado de un magnífico viaje que demuestra que hay que quitar el miedo a los ensayos. Porque muchos son tanto o más placenteros en su lectura, que una novela.
Por si no se nota, me ha encantado.

http://entremontonesdelibros.blogspot.com.es/2017/03/historia-de-la-literatura-alemana.html

‘Bar Adentro’ y la cultura del bar, en El Diario Montañés

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Reproducimos el artículo publicado ayer en El Diario Montañés sobre el bar y su mundo, y en donde se cita ‘Bar Adentro’, el libro colectivo en donde se reflexiona desde múltiples puntos de vista sobre este fenómeno cultural. Gracias a Marta San Miguel por habermos prestado atención.

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Qué es un bar sino un hogar sin sábanas

A propósito del 30 aniversario del Rvbicón, cabe preguntarse qué tienen los bares para haberse convertido en un refugio social y cultural

Para empezar, brindemos, que detrás del primer trago está siempre la promesa de que algo puede suceder. Y eso que tiene trampa: justo en el momento de rozar las copas, uno ya ha asumido que lo importante no es lo que suceda sino el proceso en el que pasa; la transformación mientras se habla, mientras se bebe, sin sed, con ganas. Esa especie de mutación se da en un lugar, ese espacio que llamamos bares y que es en realidad un artilugio cultural que lleva siglos imantando vidas. Irradian y atraen, y tras su leyenda se impone una simbología que recurre a términos como refugio, como antro, como pretexto para definirlo porque ¿qué es un bar sino un hogar sin sábanas?

Parte de la historia de nuestra ciudad no se entendería sin el efecto del Drink Club allá por los años 60, como tampoco se podría completar sin atribuir el mérito ético y estético al efecto del Rvbicón en la calle del Sol. Sus puertas verdes, que este fin de semana celebran 30 años abiertas, han visto salir y entrar a generaciones transformadas por el tiempo, la palabra, la bebida, la música. ¿Qué sería hoy ese barrio sin la insistente presencia de sus bares, sin el puente tendido entre el Rvbicón y lo pasajero? Tras su barra, la voz diaria de sus hacedores, Moncho y Marcos, que más que vinos o cervezas parecían servir deseos con pimienta y sal, se ha generado una trama de vidas ajenas que ahora son la vida propia del local, esa vida que comulga con la imagen del fotógrafo Jorge Fernández coronando en ‘relevé’ la mirada fija de una bailarina que abre los brazos en blanco y negro para decirte ‘ven, entra, pon tus manos sobre mí y baila’.

A propósito del aniversario del Rvbicón cabe preguntarse hasta qué punto un bar es capaz de modificar una ciudad, la calle, el barrio donde se ubica; cabe preguntarse y dudar de si un bar es sólo un lugar al que se va o es más bien un artefacto que nos maneja. «Hasta qué punto modifica no lo sé, pero que produce efectos, no cabe duda. Después de todo es un punto de encuentro, que atrae gente, que se comunica entre sí, y eso siempre genera consecuencias, aunque sólo sean cambios en el estado de ánimo», dice el escritor Juan Tallón.

Es imposible comprender qué tipo de lugar es un bar encarando la duda de frente. Entender –que no definir– estos lugares requiere acercarse por los lados, driblando, como el que evita rozarse con la gente cuando trata de llegar al baño que siempre está al fondo, al final, lejos del sitio. En su libro ‘Mientras haya bares’ (editorial Círculo de Tiza), Tallón aporta pistas. El periodista lo hace trazando un recorrido por los términos cotidianos en los que transcurre la vida, un anecdotario de experiencias, huellas literarias y reflexiones que contienen lo mejor y lo peor de cualquiera que se atreva a leerse. De entre esas huellas destaca la que da nombre al libro y que condensa el porqué de un homenaje como el que este fin de semana merece el Rvbicón: «Cuando todo te parece una mierda, y a lo mejor lo es, o no hallas refugio contra tus fantasmas, o cuando en casa hay demasiado ruido, incluso demasiado silencio, pero necesitas seguir escribiendo, siempre te queda el bar. De hecho, mientras haya infierno y bares cerca, hay esperanza».

Narrativa canalla

La portada del libro la acompaña el cerco de vino que deja una copa al posarse, símbolo de una huella cuya mancha no se quita. ¿Por qué limpiarla?, ¿qué hay en un bar que en las noches deja surcos? La cercanía de la barra, lo poético de una resaca, la relación del alcohol con escritores y periodistas, el arraigo de lo canalla en la narrativa que aún perdura en cierta tinta impresa. Todo esto fluye por las páginas de un libro que encuentra acomodo en la celebración. Así, en el texto titulado ‘Sesión vermú’ se cuestiona Tallón: «¿Qué cabe esperar de una sociedad silenciosa, tranquila, que sólo piensa en lo que hay que pensar y hace lo que hay que hacer? Nada, salvo la garantía del aburrimiento». Es precisamente el estado de ánimo que irradia un bar hacia sus afueras lo que le confiere su poder: «Los bares pueden modificar zonas e incluso ciudades al convertirse en ‘atractores’ que condicionan la vida que les rodea y en ese sentido tienen capacidad de transformación social».

Lo apunta el psiquiatra Rafael Manrique. Ha coordinado la publicación de ‘Bar Adentro’ (editorial El Desvelo) en el que sus cuatro autores (Carmen Barbero, Carlos Crespo, Amaya Sampedro e Inmaculada Sanz) abordan en un relato coral su visión de los bares. El libro no trata de definirlos sino más bien de contenerlos, de homenajear su «profunda dimensión cultural y antropológica que ayuda a entender las claves para interpretar la sociedad en la que vivimos».

En las ciudades, en los pueblos y hasta en las carreteras nacionales sin iluminar, el bar es el mapa y a la vez el territorio pero, ¿y por dentro, qué sucede en sus entrañas?

¿Qué hay más especial que el arraigo a un lugar llamado barra? En la cuerda floja de la rutina los espacios de alterne son el mejor lugar donde caer. Pero ahí se cae de lado, no de frente. De frente sólo hay un camarero que mira y observa, que escucha, que disimula sus juicios en el mejor de los casos, porque en sus párpados está la intimidad que otorgan las persianas. «El bar tiene algo atmosférico, abrumador y feliz, sin contar la bebida. Todos sabemos que, por momentos, la vulgaridad es una hamaca y que la vida, después de todo, está compuesta de unos momentos por aquí y unos momentos por allá. A continuación, te mueres». La fuerza del instante gana en vértigo cuando se consigue llegar a la cima del taburete; alcanzarlo es como salir de una carretera secundaria, aparcar y ver cómo los otros coches se alejan con sus luces encendidas.

La barra, un escritorio

«Estoy en el Café Gijón, en el capullo del meollo del bollo, aquí es donde pasa todo. Pero no pasaba nada». Francisco Umbral hizo del bar una urbanización con vistas a otra vida posible. Tras él, más firmas, como el propio Tallón, David Gistau, Manuel Jabois o Antonio Lucas, han configurado espacios en la prensa diaria con afán canalla y descreído al conceder protagonismo a esos lugares donde todo está a punto de pasar aunque lo único que pasa es el tiempo. Beber como argumento. Perder la conciencia y contarlo. Lo grotesco del otro hogar donde sucede lo improbable como actitud, ¿cómo no ser escenario para los creadores?

‘Rayuela’ nació por las cafeterías de Buenos Aires donde Cortázar posaba los perfiles de su ‘Maga’ hasta que acabó por aparecérsele. Lo mismo con Alfonsina Storni en el Tortoni o las greguerías de Gómez de la Serna en el mítico Café Pombo de Madrid. No es de extrañar que a pesar de su irreverente acústica, los bares sean el mejor lugar donde encontrar la soledad. El templo para muchos escritores donde posar desnudas a sus musas. Acodadas en la barra, contorneándose por las esquinas entre botellas de cristal que brillan bajo halogénos amarillentos. «Cuando eres escritor y te dejas caer por un bar todo puede suceder. Incluso vomitar sobre un poema recién escrito, como Dylan Thomas en la White Horse Tavern» de Nueva York, donde autores como Hunter S. Thompson o Norman Mailer saciaban su sed y otros instintos.

No eran los únicos, ni mucho menos. Julio Camba decía que el alcohol desarrolla «un sinfín de virtudes: la castidad, la docilidad, la imbecilidad». Tallón sugiere que «nunca sabes si de una gota va a salir una columna, incluso una novela entera». Sin embargo, otra forma de creación es posible cuando llega la madrugada y los cerrojos encierran la noche por fuera. Entonces, puede pasar que se encuentren una noche cualquiera de Santander el poeta Luis García Montero y el músico Quique González en un mismo bar; en tal caso, lo que sucede es que el piano que parece sólo un mueble en el fondo del Rvbicón se convierte de pronto en lo que es, en un instrumento que recupera su naturaleza desafinada y suena bajo la voz del poeta como si nunca hubiera sido la tapa de madera que en ocasiones alguien usa como reposabrazos. En esas circunstancias nadie escribe, pero suena de repente como algo inevitable ‘Aunque tú no lo sepas’, y los que están dentro del bar asisten a un viaje del que, con los años, no sabrán volver.

Eso ha sucedido en el local de la calle del Sol, y sucede de otra forma cada día, semana tras semana, entre copas y abrigos colgados; sucede en los dibujos a mano alzada de los diseñadores que lo frecuentan, sucede en el jazz que suena cada miércoles, también hay poetas que escriben mientras hablan, y pintores que eligen colores aunque sólo haya sombras. No hay rincones intocables ni templos donde un día se sentó un autor reverenciado, el Rvbicón sobrevive a su leyenda quemando velas de colores, con palomitas y pimienta para amortiguar los hielos y las charlas, la misma grasa en los dedos que ensucia el programa de actos de Sol Cultural, que cada solsticio invita a conmemorar la calle como lugar de encuentro.

El ruido como lugar

Decía el compositor John Cage que la música no se debía escuchar en el «silencio sagrado» de una sala de conciertos sino «con las ventanas abiertas, en la calle en los bares». Resulta paradójico que fuera él precisamente quien lo dijera, habida cuenta de que una de sus composiciones más importantes fue una oda al silencio: ‘4.33’, en la que durante ese tiempo no se escucha ni una sola del piano. La pieza es la metáfora de esa ‘calma’ que encuentran muchos autores en el ruido de la multidud. La soledad se rodea de ruido y gente, y nada más solitario que la mente de un autor cuando está buscando la palabra que merodea entre su frente y las manos. La música, la voz, el ruido, el murmullo, el jaleo… todo va de la mano de los bares. Y aún así, siempre hay versos que lo sobreviven.

Sostiene Juan Tallón que José Hierro fue el último «poeta de bar», como si fuera posible desligar la creación de estos lugares. La escritura surge donde está la vida. En Santander, Pepe Hierro dejó en la mesa de formica de bares como El Juco, en la calle Cádiz, su huella, lo invisible del milagro de un verso. En Madrid lo hacía en La Moderna. «Pepe escribía y sorbía chinchón como si la poesía fuese esa hora y media de partida de tute diario, durante la que te olvidas que eres mortal, y que antes o después tendrás que abandonar tu hogar para regresar a tu casa», cuenta Tallón en su libro. Esta redención del extranjero doméstico, Manrique lo atribuye a un equilibrio precario «pero eficaz» entre estar solo y acompañado: «Los bares generan sentimientos de protección, ausencia de crítica, aceptación, todo el mundo puede estar sin tener que cambiar y eso da un bienestar que no lo da a veces ni el hogar», dice. «En el bar se despliega radiante eso que se entiende como la insoportable levedad de la existencia», sostiene en ‘Bar adentro’: «Allí se observa y se es observado. Se confía y se desconfía. También se asoma uno a nuevos peligros y surgen nuevos miedos o se cristalizan los que ya se tenían. El conjunto de todo ello va perfilando eso que llamamos subjetividad y que en el bar se crea y se pone a prueba».

Todo sucede cuando el bar abre las puertas. «Entiendo que la gente alega que sin horarios la realidad se nos escaparía entre los dedos como si fuese zumo. ¿Pero y qué me dicen del placer azaroso de lo extemporáneo?», se pregunta Tallón. De ahí el último refugio del bar, el lugar donde el tiempo puede ser más largo, donde se puede brindar con la promesa de que algo pueda suceder. Aunque al final no suceda nada, salvo la vida.

Dónde encontrar a Rupert Brooke

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Puntos de venta de ‘Rupert Brooke. Poesia Completa’.

FNAC

Corte Inglés

Casa del Libro

Elkar

Abacus

La Central

Laie

OMM Campus

Antígona (Zaragoza)

Portadores de Sueños (Zaragoza)

Central Librería (Zaragoza)

22 Llibreria (Girona)

Agapea Factory (Málaga)

Al peu de la lletra (Barcelona)

Alibri (Barcelona)

Biblioteca de Babel (Baleares)

Buc de Llibres (Mataró, Barcelona)

Cap i cua (Barcelona)

Casa Usher Llibreters (Barcelona)

Documenta (Barcelona)

El Full (Badalona, Barcelona)

Els Nou Rals (Viladecans, Barcelona)

Galatea Llibres (Reus, Tarragona)

Gallissa (Lloret de Mar, Girona)

Hipérbole (San José Ibiza, Baleares)

Jaume de Montso (Palma Mallorca, Baleares)

La Gralla (Granollers, Barcelona)

La Impossible (Barcelona)

Llibreri Canillo (Castelldefels, Barcelona)

Nollegiu (Barcelona)

Puvill Libros (Barcelona)

Santos Ochoa (Barcelona)

La temeraria (Terrassa, Barcelona)

Ambra Llibres (Gandía, Valencia)

Argot (Castellón)

Ausias (Villarreal de los Infantes, Castellón)

Bartleby (Valencia)

El Puerto (Sagunto, Valencia)

La Costera (Xativa, Valencia)

Leo (Xativa, Valencia)

París Valencia 1 (Valencia)

París Valencia 3 (Valencia)

Plácido Gómez (Castellón)

Railowsky (Moncada, Valencia)

Samaruc (Algemesi, Valencia)

SIJ 1993 (Ontinyent, Valencia)

Ali i Truc (Elche)

Diego Marín (Murcia)

Herso (Albacete)

La Montaña Mágica (Cartagena, Murcia)

Popular Libros (Albacete)

Antonio Machado, BB AA (Madrid)

Antonio Machado Fdo. VI (Madrid)

Antonio Mendez (Madrid)

Aquarela Madrid)

Blanquerna (Madrid)

La Buena Vida (Madrid)

Cervantes y Compañía (Madrid)

El Aleph (Madrid)

Facultad de Derecho Serv. Publicaciones (Madrid)

Forja de Letras (Madrid)

Le Librería (Madrid)

Lex Nova (Madrid)

Modesta (Madrid)

Nakama (Madrid)

Ontanilla (Aravaca, Madrid)

Pasajes (Madrid)

Rafael Alberti (Madrid)

Sandoval (Valladolid)

Tipos Infames (Madrid)

Universitas a Escolar y Mayo (Madrid)

Visor (Madrid)

La Afición Literaria (Vitoria)

Auzolan (Pamplona)

Binario (Bilbao)

Castroviejo (Logroño)

Cerezo (Logroño)

Cervantes (Oviedo)

Cornion (Gijón)

Estvdio (Santander)

Gil (Santander)

Gómez (Pamplona)

Guantes (Portugalete)

Hontza (Donostia)

Katakrak (Pamplona)

Lagun (San Sebastián)

Maribel (Oviedo)

Ojanguren (Oviedo)

Santos ochoa (Logroño)

Universitaria (Bilbao)

Alsur (Granada)

Angel López (Pozoblanco, Córdoba)

Babel (Granada)

Fuga (Sevilla)

Heidi (Huelva)

Juan de Mairena (Lucena, Córdoba)

Lual Picasso (Almería)

Luces (Málaga)

Luna Nueva (Jerez de la Frontera, Cádiz)

Luque (Córdoba)

Palas (Sevilla)

Picasso, Obispo Hurtado (Granada)

Prometeo y Proteo (Málaga)

Rayuela (Málaga)

Término (Alcalá de Guadaira (Sevilla)

Casa Tomada (Sevilla)

Isla de Siltolá (Sevilla)

Libros Prohibidos (Úbeda)

Lorca (Benalmádena, Málaga)

Puerta de Tannhauser (Plasencia, Cáceres)

Ubú (Granada)

Galatea Librería Inglesa (León)

Letras Corsarias (Salamanca)

Librería Café La Otra (Valladolid)

Hydria (Salamanca)

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Oletvm (Valladolid)

Pastor (León)

Santiago Rodríguez (Burgos)

Víctor Jara (Salamanca)

Intempestivos (Segovia)

Margen (Valladolid)

Santos Ochoa (Salamanca)

Arenas (A Coruña)

Eixo (Ourense)

Follas Novas (Santiago, A Coruña)

Gallaecia (Santiago, A Coruña)

Cantón 4 (Ferrol, A Coruña)

Librouro (Vigo)

Numax (Santiago, A Coruña)

Tanco (Ourense)

Trama (Lugo)

Agapea Factory (Tenerife)

Canaima (Las Palmas)

Casa del Lector (Las Palmas)

El Paso (Tenerife)

Sinopsis (Las Palmas)

Tagoror (Pto. Rosario, Las Palmas)

Triana (Las Palmas)

Brooke y los war poets, según José María Lasalle

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El heroísmo bélico como aventura poética


La guerra y la poesía se muestran a nuestros ojos postmodernos como palabras irreconciliables. La irrupción de la técnica y el hecho de que la guerra se haya transformado en algo mecánico, desprovisto de la épica que tradicionalmente se asoció a ella, han sido las causas de la cesura tan radical que hoy existe entre ambas. Sin embargo, esto no fue siempre así ya que durante siglos la guerra y la poesía estuvieron hermanadas. Es más, de acuerdo con la vieja cultura heroica heredada de la Grecia arcaica, la guerra era la instancia última en la que la paideia (educación) se ponía a prueba al demostrar en ella la excelencia (areté) del kalos kagathos o, si se prefiere, del aristócrata que en el bautismo de fuego y sangre podía descubrir quien era realmente. 
De aquella ancestral visión homérica ya no queda nada desde que el «rojo» y el «negro» stendhaliano fueron engullidos por la grisácea y anónima uniformidad de los ejércitos modernos. Inmersos en una civilización que desde Kant ve en la paz una conquista admirable, la guerra es ahora una realidad injustificada y despreciable, incluso cuando lo que se pone en juego es la legítima defensa, pues, de acuerdo con la sensibilidad contemporánea, resulta difícil encontrar en ella algo más que dolor, humillación y barbarie. Y aunque la guerra ha sido siempre «eso» esencialmente, con todo, la misma ha perdido a lo largo del siglo XX la aureola sublime que desde la Ilíada había embellecido aquel polemos en el que Heráclito fundó todas las cosas, y que muchos siglos después todavía hacía decir a Schiller que «incluso en la guerra, lo supremo nunca está en ella».
En las «batallas de material» del siglo pasado la guerra dejó de ser un hecho humano para convertirse en un fenómeno abstracto que quedó subordinado a la técnica y a sus masivos instrumentos de destrucción. La vivencia tradicional de la guerra cayó así en desgracia al diluirse la cuestión humana como circunstancia y límite, fin y medio de la confrontación bélica; de manera que este hecho, sumado al sometimiento de la guerra a la política e, incluso, a la propaganda de masas, terminó transformándola en una empresa inasumible culturalmente, pues, el objetivo de la misma ya no era imponerse a otro en el peligro del combate singular, sino tan sólo la aniquilación anónima de éste al identificarlo ideológicamente como un mero «enemigo». Y es que como dijo Lenin en «La bancarrota de la II Internacional» (1915): «Aplicada a la guerra, la regla principal de la dialéctica nos enseña que: `La guerra no es más que la continuación de la política por otros medios’… Tal es la fórmula de Clausewitz, uno de los grandes escritores de la historia militar en el que Hegel ha contribuido a fecundar sus ideas». 
Esto que ahora nos parece tan claro, sin embargo, supuso una revelación atroz para las generaciones que fueron a la Primera Guerra Mundial con el zurrón repleto de visiones románticas en torno al fenómeno bélico. Un ejemplo de ello y de cómo pudo superarse poéticamente esta vivencia fue la obra de Rupert Brooke (1887-1915). Perteneciente a la generación de los llamados poetas bélicos, representa junto a John Drinkwater, Wilfred Owen, Siegfried Sassoon, Edith Sitwell, Harold Monro, W. H. Davies y W. W. Gibson, uno de tantos a los que la impetuosidad romántica arrastró desde las aulas de Oxford y Cambridge a las trincheras de aquella Gran Guerra que, como bien describió Robert Graves, fue algo horriblemente «incomunicable».
Nacido en Rugby, Brooke estudió en el selecto internado que lleva este nombre y que rivaliza con Eton en su prestigio elitista. Hijo de un catedrático, se doctoró en literatura en el King’s College de Cambridge, encarnando pronto el ideal aristocrático de su época. Así, además de dotarse de una sólida formación intelectual mostró, también, una clara preocupación política que lo llevó a vincularse a aquella Sociedad Fabiana de la que eran destacados miembros George Bernard Shaw y Sidney Webb, y que pretendía combatir los excesos del capitalismo industrial de la época a través de elites que transmitieran ideales humanitarios y socialistas a los partidos clásicos -el tory y el whig-, con el fin de promover la reforma de aquél y evitando, de paso, que la revolución pudiera destruir las libertades políticas bajo la tiranía de las masas.
Viajero infatigable que recorrió Europa, América del Norte y la Polinesia, Brooke siguió el «iter» romántico del aventurero vital, tal y como hicieron antes sus admirados Rimbaud, Stevenson o Gaugin. Deseoso de descubrir la belleza prístina de la humanidad, admiró en los Mares del Sur a aquellos «nativos de Samoa y Fidji que son más hospitalarios y corteses, más amantes de lo bello que los europeos que aquí habitan», quizá porque, como creía Rousseau, habían sido capaces de vivir incontaminados de los vicios que irradiaba ese individualismo que hacía de la propiedad sobre las cosas o, si se prefiere, de esa dialéctica de «lo mío y lo tuyo», el fundamento de un Progreso que era identificado con el Bienestar material.
Cantor del amor y enamorado de la belleza alabada por Keats y Shelley, en sus «Pensamientos sobre la forma del cuerpo humano» (1911), describió el dolor consustancial que porta consigo el hombre al no poder evitar su caída, pues: «¿Cómo puede el amor triunfar y recrearse/donde la fiebre se oprime contra la fiebre/la rodilla contra la rodilla?/¡Si pudiéramos habitar la armonía,/y en ella alentar puros y perfectos/y como pensamientos sin cuerpos ascender/hacia un redondo y radiante amor,/y amar serenamente una perfecta esfera,/como una luna a otra, y ser/semejante a la estrella Lunisequa/siguiendo fijamente el redondo orbe claro de su delicia,/eternamente oscuro, a través de la eterna noche…!». 
La premonición del estallido de la guerra en Europa lo apartó de los brazos de la nativa que amó en Waikiki y lo trajo de vuelta a Inglaterra. Y su amistad con Winston Churchill -entonces Primer Lord del Almirantazgo- lo hizo oficial de marines, luchando en las trincheras de Anvers juntos a sus amigos Denis Browne y Raymond Asquith. En ellas compuso sus famosos «Sonetos» (1914), obra en la que logra transmutar el sufrimiento del soldado al descubrir la belleza que encierra el sacrificio heroico que porta la camaradería guerrera, como cuando dice en «Paz»:

Demos gracias a Dios, que nos ha hermanado en Su hora,
y ha invocado a nuestra juventud, y ha hecho que despertemos del sueño,
con segura mano, ojo limpio y certero poder,
para que abandonemos alegres,
como nadadores que buscan de un salto la región más pura,
el frío y gastado mundo envejecido,
y los corazones enfermos a los que ya no mueve el honor,
y a los cobardes, y sus monótonas y sucias canciones,
y toda la triste futilidad del amor.

Inmerso en la vorágine bélica, la temblorosa subjetividad que irradian estos sonetos denota su alejamiento de la ojetividad que heredó de Keats y el desarrollo de una emoción imaginativa en la que el peligro de la muerte estremece su creatividad al despertar en él un nuevo sentimiento de libertad que entronca con la vivencia de la fratria griega. Así, acompañado por la lectura de la Iliada se embarcó entusiasmado en la expedición que Churchill envió a la península de Gallipoli, mientras retumbaban en sus oídos esos versos en los que grita que es dichoso porque habiendo conocido la vergüenza del mundo del que proviene, con todo, ha encontrado junto a sus camaradas la libertad que ofrece ese lugar en el que «no hay pena ni enfermedad, y el sueño ya no inquieta/donde nada se quiebra sino este cuerpo,/y nada se marchita sino este aliento./Nada estremece la suave paz del sonriente corazón,/lejana ya la agonía,/en la región de la muerte, nuestra peor amiga y enemiga». 
Fallecido en la isla de Skyros, su cuerpo reposa allí, junto al Egeo, como quiso también su admirado Byron al caer en Grecia. En el epitafio de su tumba reza esta escueta inscripción escrita en griego: «Aquí yace Rupert Brooke, servidor de Dios, alférez de la Armada británica, muerto en camino de liberar Constantinopla de los turcos». Con su muerte el Romanticismo se hizo, también, pasado.

JOSÉ MARÏA LASSALLE

(Publicado en El Diario Montañés de Santander).

Dónde se puede encontrar ‘Orgullo travestido’, de Juan Carlos Usó

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Puntos de venta de ‘Orgullo travestido’, de Juan Carlos Usó, ensayo biográfico sobre la vida del transformista Egmont de Bries:

El Corte Inglés (Goya, Castellana, Callao, Venta a distancia)

Amazon

Elkar

Abacus

La Central

Laie

OMM Campus

Cálamo (Zaragoza)

22 Llibreria (Girona)

Antincus (Barcelona)

Biblioteca de Babel (Palma de Mallorca)

La Ciutat Invisible (Barcelona)

Cómplices (Barcelona)

Documenta (Barcelona)

Embat Palma Dist. (Palma e Mallorca)

Galissa (Lloret de Mar)

La librera del Savoy (Palma de Mallorca)

La Llar del Llibre Centre (Barbera del Valles, Barcelona)

Rata Corner (Palma de Mallorca)

Ambra (Gandía)

Argot (Castellón)

Auias (Villarreal de los Infantes, Castellón)

Babel (Castellón)

El Puerto (Puerto de Sagunto, Valencia)

París Valencia 1 (Valencia)

París Valencia 3 (Valencia)

Plácido Gómez (Castellón)

Alcaraz Cómics (Cartagena)

Ali i Truc (Elche)

Diego Marín (Espinardo, Murcia)

Libros 28 (Alicante)

La Montaña Mágica (Cartagena)

Popular Libros (Albacete)

Santos Ochoa (Torrevieja, Alicante)

A different life (Madrid)

Antonio Machado BB AA (Madrid)

Antonio Machado Fernando VI (Madrid)

Berkana (Madrid)

Cervantes y Compañía (Madrid)

Ciudadano Grant (Madrid)

De Mujeres (Madrid)

El Aleph (Madrid)

Muga (Madrid)

Mujeres y Compañía (Madrid)

Nakama (Madrid)

OMM Psicología Somosaguas (Pozuelo, Madrid)

Pasajes (Madrid)

Traficantes de Sueños (Madrid)

Visor (Madrid)

La adición literaria (Vitoria)

Cervantes (Oviedo)

Estvdio (Santander)

Gil (Santander)

Katakrak (Pamplona)

La Revoltosa (Gijón)

Louis Michel (Bilbao)

Maribel (Oviedo)

Santos Ochoa (Logroño)

Acuario (Herrera, Sevilla)

Agapea Factory (Málaga)

Alsur (Granada)

Babel (Granada)

Fuga (Sevilla)

Lual Picasso (Almería)

Luque (Córdoba)

Metáfora (Roquetas de Mar, Almería)

Picasso (Obispo Hurtado, Granada)

Prometeo y Proteo (Málaga)

Q Pro Quo (Málaga(

Término (Alcalá de Guadaira, Sevilla)

Yerma (Sevilla)

Bakakai (Granada)

Casa Tomada (Sevilla)

Libros Prohibidos (Úbeda)

Pangea (Dos Hermanas, Sevilla)

Letras Corsarias (Salamanca)

Hydria (Salamanca)

Maxtor (Valladolid)

Pastor (León)

Santiago Rodríguez (Burgos)

Margen (Valladolid)

Couceiro (A Coruña)

Follas Novas (Santiago)

Anco (Ourense)

Xiada (A Coruña)

‘Orgullo travestido’ y ‘Rupert Brooke’, en prensa

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nuevodocumento-2 orgullo-el-mundo-castellon 'Orgullo travestido' en el siglo XX | Castellón | EL MUNDO

El Diario Montañés de Santander se hace eco de la publicación de la poesía completa de Rupert Brooke, mientras El Mundo de Valencia y Castellón al Día hacen lo propio con ‘Orgullo travestido’, de Juan Carlos Usó.

Reivindicar la crítica, desconfiar del crítico: Shangrila y Ángel Fernández-Santos

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angelfernandezsantos

l’Orangerie

Reivindicar la crítica, desconfiar del crítico

(‘La crítica cinematográfica de Ángel Fernández-Santos’, por José Antonio Planes Pedreño).

Que la crítica está en crisis es algo que, por reiterativo, no la hace inmerecedora de una reflexión. La crisis de la crítica es como la crisis del teatro: perenne, consustancial, inmanente como todo lo que fluye y está vivo; de tal modo que la crítica es hoy en día como esos enfermos que ni empeoran ni se recuperan, contentándose en tener un día mejor que el anterior en esa montaña rusa de altibajos en que se convierte su existencia. Pero no por reiterativa, merece que se pase de largo, sobre todo porque reivindicar la crítica es reivindicar la mediación, la guía necesaria para deambular en una jungla de creaciones.

La crítica es necesaria y, al igual que los soportes comunicativos que la vehiculan, vive en dos crisis paralelas: una, la del prestigio; otra, la tecnológica, que no es una crisis en sí, sino una oportunidad.

La pérdida de prestigio de los grandes referentes de la crítica en el campo cultural tiene que ver con la pérdida del lector cautivo. El carácter disruptivo de las nuevas tecnologías ha liberado al receptor de las ataduras que le vinculaban a unos pocos referentes que, en el pecado va la penitencia, han ido prostituyendo un ejercicio que no solo requiere la apariencia de la mujer del César, sino que es independiente y rigurosa o deja de ser necesaria.

El crítico venal y arrogante, el referente comunicativo que arroja más sombras que luces, más ruido que nitidez, intoxicado por intereses comerciales y/o de cofradía, entra en barrena ante la atomización de la oferta crítica, con la contrapartida del diletantismo que entraña, en la disparidad de la oferta que refleja la actual pluralidad de medios de comunicación en el piélago digital. Si hasta hace no mucho, quien no aparecía en los recetarios de uno de los grandes popes de la crítica no existía, ahora es el referente el que cae en la irrelevancia, clamando en un desierto vacío de lectores sin querer entender que la desvergüenza y la manipulación han conducido a desertar a los que consideraba rehenes. Por lo tanto, no hay deserción; hay liberación.

¿Por qué? Porque la deshonestidad puede mantenerse si no hay alternativas, pero el lector/consumidor se caracteriza por su deslealtad, en el mejor sentido de la palabra, y busca, husmea y encuentra alternativas. Los grandes suplementos de crítica cultural han caído del pedestal al abrirse el abanico de referentes y una nueva actitud, exigida por el público, de rectitud y coherencia. Ya no hay jerarquías y la horizontalidad entre crítico y receptor entabla un diálogo en donde la honestidad no admite medianías ni componendas. Se sigue reclamando la crítica, pero el crítico ha sido puesto en cuarentena.

Es por ello más que oportuno, pertinente más bien, la recuperación de una de las grandes figuras de la crítica postfranquista de este país: Ángel Fernández-Santos. Este hombre, de vocación cultural insaciable y alto rigor crítico, es un icono de la honestidad. Encaminado al guion de cine en la Escuela de Cine de Madrid, acabó en la crítica cinematográfica tras darse de bruces con la censura y ese enfriamiento del corazón tan machadiano. Pero si una puerta se cierra otra se abre, y fue en El País, otrora un referente de otras muchas cosas, donde, como máximo responsable de la crítica cinematográfica, apuntaló como ningún otro eso que se llama independencia y rigor.

Shagrila-Textos Apartes, proyecto editorial colectivo, que tiene de forma inexplicable su base en Santander (de esas cosas inexplicables que tienen su explicación, pero no por el contexto geográfico en que se desarrollan) acaba de publicar la que tal vez sea la obra más ambiciosa y exhaustiva sobre Ángel Fernández-Santos y, por ende, de la crítica en España a lo largo de varias décadas. La obra, de José Antonio Planes Pedreño, pone del revés como un guante y somete a escrutinio la figura y el sentido de Fernández-Santos analizando su quehacer y pensamiento desde una multiplicidad de puntos de vistas que arrojan el resultado más próximo a la realidad que pueda desearse.

“Por si algo se gana el respeto Fernández-Santos es por la libertad, imparcialidad e independencia de su criterio -escribe el autor de esta monografía-, cualidades recalcadas una y otra vez por sus compañeros de profesión”.

El libro, publicado en la colección Hispanoscope y fácilmente localizable en las principales librerías del país, aborda desde la identidad y personalidad política y cultural de Ángel Fernández-Santos, hasta su particular visión de lo que ha de ser el guion, la puesta en escena, el ritmo narrativo y la interpretación; pasando por una valoración de las estrategias expresivas y las figuras retóricas que, como todo lenguaje, posibilita el cine: géneros, estilos y retórica.

Hay algo en este peregrinaje (biográfico, sentimental, semático, semiótico, político y cultural) que es recurrente: el cine, no solo como una ocasión de esparcimiento, sino como una herramienta de autoconocimiento y crítica social de primer orden, que todo poder intenta domesticar.

Leyendo lo que escribió Ángel Fernández-Santos, uno alcanza el convencimiento de que el cine no solo es la ocasión para pasar el rato, es decir, no solo es algo placentero, mero entretenimiento, sino que también es, y sobre todo es, lucha, conflicto, introspección, asfixia, el lugar donde la realidad no escapa, sino que se encierra en un recinto cuadrado y quien no escapa, y no solo no escapa sino que se somete voluntariamente a esta terapia icónica de introspección, es el espectador. Es ahí donde el cine adquiere su dureza, su tensión, y un sentido que lo aleja del espectáculo y el entretenimiento más o menos zafio, para ser bisturí en donde el espectador se practica una vivisección durante 90 minutos. No voy a hacer un canto al cine como ejercicio masoquista: también el cine es entretenimiento, pero si todo acaba ahí, se reduce algo grande a poca cosa. El cine es la palabra fílmica que nos enfrenta a nuestro monstruo interior y que reclama algo a lo que raramente dedicamos tiempo: preguntarnos qué somos. Por ello no es cómodo ir al cine y produce en muchas personas recelo y hasta miedo, disfrazado en un amplio bostezo de pereza. El cine de verdad reclama espectadores de verdad porque cambia a las personas: nunca se sale por la puerta igual que se entra. Por eso lo llamamos arte.

No quisiera acabar sin dedicar unas palabras a Shangrila, una asociación cultural sin ánimo de lucro que no deja fuera de cuadro, por utilizar un símil cinematográfico, la divulgación intelectual de lo audiovisual. Este proyecto independiente se ha planteado el titánico esfuerzo de abordar una reflexión sobre el cinematógrafo, la literatura y el audiovisual desde las diversas perspectivas analíticas y transversales que conforman el pensamiento crítico. El prestigio, este sí fuera de cuadro de los grandes referentes comunicativos, recibe, título tras título, el beneplácito del publico, hasta el punto de que ahora el referente, si no único, uno de los más necesarios, es él, prueba de que la honestidad, tarde o temprano, tiene su recompensa.

FICHA

TÍTULO: La crítica cinematográfica de Ángel Fernández-Santos.

AUTOR: José Antonio Planes Pedreño.

EDITORIAL: SHANGRILA-Colección Hispanoscope.

FORMATO: 16X23 CM.

PÁGINAS: 404.

ISBN:978-84-946210-3-1

PRECIO: 24,00 euros.