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El Mundo Cantabria

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Reproducimos a continuación la entrevista/crítica que Juan Antonio Sandoval ha realizado a Jesús Aguilar Marina, autor de ‘Pájaros de la luz y la lluvia’, con motivo de la entrega del Premio Internacional de Poesía Gerardo Diego 2014, que tuvo lugar el pasado miércoles en Santander.

“Jesús Aguilar, premio literario del Gobierno de Cantabria 2014, ya tiene impresa, negro sobre blanco, su mirada lúcida sobre el tinglado de la existencia. La editorial El Desvelo Ediciones ha perpetrado este delicioso atentado contra el optimismo

Todo ser humano es una colección de derrotas a cuestas. La decepción lleva a la lucidez y viceversa. En el desierto inhóspito que queda tras el desastre de cada día, cada uno canta su canción con timbre propio.

Jesús Aguilar ha escogido un tono cernudiano que se erige sobre un armazón conceptual que nace en Schopenhauer. El color negro inunda la portada de Pájaros de la luz y la lluvia (El Desvelo Ediciones), preparando al lector para lo que se viene.

Un torbellino de lucidez. Poesía desnuda sin los ropajes del lirismo. La vida, tal y como es. Sin decorado, sin artificio, sin colorines: Esta noche he logrado levantarme / con lamentable esfuerzo. Un hilillo / de orín corre a lo largo de mi pierna/ y el corazón galopa en la penumbra. / ¿Ha llegado mi turno? Resignado, / acepto mi destino, la presencia/ del pálido misterio de la muerte, / ese agrado imprevisto/ de pasearme por los cementerios.

A primera vista, leer a Aguilar es abismarse en el pesimismo. Seguir el rastro de existencialismo, nihilismo y similares pudrideros de la esperanza. Pero en el fondo brilla un residuo delicioso: un estilo deslumbrante en su sencillez que enarbola la bandera de la dignidad humana.

Pregunta.–  Su libro, ¿es la crónica de la derrota del ser humano?

Respuesta.– El ser humano se debate entre la realidad y el deseo en una lucha que plasma muy bien Cernuda. La gran tragedia del Hombre es que ansía ser un dios y es tan sólo su náusea. Esta pugna entre lo cotidiano y lo que anhelamos es un drama. Toda persona nace con un interés de trascender. Unos lo consiguen, según su enfoque existencial, destruyendo y otros lo hacen construyendo. Ese deseo de trascender es el sueño de igualarse a los dioses. 

P.– ¿Qué le diría a todos los que piensan que el pesimismo reconcentrado que late en su libro puede resultar nocivo, tóxico, cáustico?

R.– El pesimismo en sí no es malo. Lo malo es el optimismo sin base, que puede ser una filosofía perniciosa cuando enfoca la vida como algo muy satisfactorio, y es todo lo contrario. El pesimista es un optimista realista.

P.– ¿Cuántas horas al día se puede ser lúcido sin llegar a la locura?

R.– El exceso de luz da la fotofobia. A mí me gusta la lucidez en penumbra: bajar al sótano oscuro y cerrar los ojos, en una oscuridad donde podemos encontrarnos a nosotros mismos, y esto también es lucidez, desde el claroscuro en este caso.

P.– En sus versos hay una aparente labor de demolición sistemática de los valores que dan solidez al mundo. Usted lo pone todo en entredicho: el amor, la amistad, la literatura, Dios, el deseo… ¿Deja algo en pie?

R.– El ser humano se distingue de las bestias por la dignidad. En un principio, el hombre se arrastra, como las bestias, pero llega un momento en el que consigue erguir su tronco y elevar la mirada al cielo. La Historia es una concatenación de ruinas, que es lo que, finalmente, somos los seres y las cosas. Lo que nos salva, después de las ruinas, es volver a levantarnos, el continuar por propia dignidad. Tenemos un fin en nuestra existencia, a diferencia del animal. Poseemos un arbitrio y esto es lo que nos ayuda a mantenernos. La existencia es una lucha continua, intentando ser cada vez más dignos y más nobles.

P.– ¿Cómo etiquetarle? ¿Existencialista? ¿Pesimista? ¿Nihilista?

R.– Yo no niego nada. Yo digo que la vida es dura, que el hombre fracasa, pero ese fracaso se puede enaltecer siendo conscientes de nuestra responsabilidad, la que no tiene el animal. El ser humano escribe su propia historia. Algo que se derrumba, lo puede volver a construir.

P.– Dios tampoco sale muy bien parado en su poemario. Le echa usted en cara su principal obra, la Creación, pero lo hace desde detrás de la barrera, sin salir al ruedo de un diálogo con él o de la furiosa imprecación.

R.– Mi poesía es de una religiosidad ateológica. No habla de Dios. Yo no me dirijo a Dios, me dirijo a la Humanidad entera, al prójimo, a mi igual. Cada persona es un mimbre del cesto que es la Humanidad. Si los mimbres se estropean, el cesto también. El mundo lo tenemos que solucionar nosotros. 

P.– La soledad, ¿es la patria de origen de sus versos?

R.– Hay que tener cuidado con la soledad, aunque todo lo que nace en ella y en silencio es creativo. Pero debemos controlarla. De lo contrario, corremos el riesgo de que nos destruya.”

: PRUEBAS : Página 10-11

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