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Tangomán cuenta la historia de Pedro Muros, un hombre que desde su madurez repasa los hitos esenciales de su vida en busca de su identidad. Convencido de su propia fealdad y de su falta de talento, llevará una vida solitaria y poco instruida, donde las lecturas caóticas de revistas de serie B se combinan con un trabajo gris y anónimo. De esa monotonía solo consiguen sacarlo sus clases de baile, en una academia donde la mayoría de los asistentes son mujeres que pronto sentirán una irresistible atracción por quien será rebautizado como Tangomán.

A continuación reproducimos un fragmento del primer capítulo:

UNA MÚSICA DIFERENTE

“¿Cómo podría encontrarla? Sí, a ella. A esa mujer que miraba en las mañanas de un invierno en el que caminaba tras mis propios pasos. No sabía por dónde empezar, no sabía cómo dar con ella. Y su ausencia me desconcertaba. Hacía meses que no la veía, que no me cruzaba con su figura por más que insistiera en caminar por los mismos lugares donde antes nos cruzábamos todos los días. No sabía su nombre, tampoco su edad ni mucho menos qué hacer para averiguar algo, una pista, un detalle, que me pudiera llevar hasta esa mujer que me atraía como un imán. Estaba perdido; podía recordar al detalle su cara: el tono blanco de su rostro, el rímel remarcando sus ojos, su nariz afilada, sus labios delgados. Ella era joven, mucho más joven que yo. Una mujer como otras, como otra cualquiera, pero al mismo tiempo diferente, enigmática, una desconocida que me atraía como hacía tiempo que no me atraía ninguna. Me encontraba desorientado. Desconfiaba del kepamuruaazar y no sabía dónde dirigirme para encontrarla. El mundo de las mujeres seguía siendo un misterio para mí. Un mundo extraño, ajeno, en el que siempre estuve perdido, confuso, intimidado, porque nunca las pude comprender del todo. Pese a las experiencias que viví y que se prolongaron con los años, pese a las relaciones que mantuve, podría decir sin miedo a equivocarme, que no las conocía de verdad. Apenas sabía qué pensaban, casi nunca si me amaban. No podía sospechar en qué mundos vivían sus sueños; jamás si era verdad lo que decían.

No tuve suerte en el amor. Las mujeres que se me acercaron lo hicieron por algún interés extraño. No es que fuera un tipo interesante, todo lo contrario: era serio y aparentemente aburrido. No tenía dinero y, por no tener, no tenía ni futuro. No tenía algo que ofrecer, vivía de mis sueños, andaba enfrascado con mis libros y revistas y mi incapacidad de amar era notoria. Entre quedar con ellas o quedarme en casa leyendo, tirado en el sofá y escuchando música, elegía esta última opción porque no quería perder el tiempo pronunciando tantas palabras hasta la extenuación, sin que pudiéramos llegar al fondo de sus anhelos o deseos, y sin que pudiera conseguir acercarme a ellas de un modo diferente, natural, de otra manera. Con algunas pocas llegué a convertirme en ese amigo imprescindible, en un joven al que se le pueden confesar sus secretos porque no abrirá la boca. Solo ahora me pregunto: ¿para qué tanto pudor por su parte y tanta fidelidad por la mía en una amistad en el fondo intrascendente? Ellas no se merecían nada especial, nada anormal, e incluso algo, no sé qué, más elevado que las mismas acometidas de la vida real, tan preocupadas como estaban con sus enamoramientos y sus ligues con chicos más guapos y más altos que yo. Eran, lo sé, las mismas acometidas que sufríamos los chicos, pero para nosotros eran de otra manera. Sentíamos que éramos esos que no podían acostarse con ellas y llegar a tocar, al fin, un cuerpo desnudo, tantas veces soñado como tan pocas veces dibujado con exactitud con las manos.

Esta podría ser, en síntesis, la metáfora de mi existencia. Cuando era un chico fui un mequetrefe con cara de mono, uno de esos pequeños titís que hacen muecas continuamente, pero en mi caso, todo hay que decirlo, sin gracia. Mi figura, pequeña y delgada, no merecía reseñarse en ninguna página o álbum familiar. Era el más feo de los hermanos. El único chico, al que daban por imposible, el que no supo andar hasta bien cumplidos los dos años. El que aprendió a hacerlo con un tacataca y corría luego, a los años, de un lado a otro con las piernas torcidas, el culo prieto y siempre con un libro bajo.

Un tipo peculiar a los ojos de los demás. No era, desde luego, lo que se conoce como «un buen partido», y quizá por eso me sorprendió la noticia de que hubiera una chica con ganas de conocerme. Yo me fijaba en las más guapas, pero inevitablemente aparecían las feas. Soñaba con las mujeres hechas y derechas y aparecían las deformes. Y por lo que sentía y escuchaba a mi alrededor creía que todos los chicos pensábamos en el sexo, pero, en vista de las pocas mujeres que conocía, este comportamiento, al parecer tan masculino, no era del todo cierto, pues a nuestros ojos ellas eran diferentes y preferían enamorarse en citas señaladas como el día de san Valentín. Mis hermanas lo hicieron hasta cumplir los quince años, aunque luego, cuando empezaron a salir con chicos mucho más mayores que ellas y abandonaron de golpe la casa familiar, parece que olvidaron rápido, muy pronto, este tipo de romanticismo femenino. También pude aprender, más tarde, que muchas de las mujeres, quizá la mayoría, buscaban casarse con alguien que les diera equilibrio y confianza. Alguien, uno cualquiera, capaz de responder al perfil de un candidato que no podía ser yo. Pero en esto del amor jamás he conocido esa confianza, ni mucho menos ese equilibrio que se define como una fuerza o un rasgo de la personalidad que no se sabe bien qué es, pero que debe presentarse con sustancia, con más fuste del que yo disponía, por ejemplo, en una relación de pareja que pretende prolongarse en el tiempo.

Mis hermanas me reprochaban que yo no sabía nada, pero a Adela le gustaba lo que decía, o lo que salía de mi boca, aunque no entendiera gran cosa. Adela tenía las tetas grandes, creo que eso me atrajo desde el principio, pero no le gustaba mostrarlas, pues estaba acomplejada porque le pesaban y le encorvaban un poco la espalda. Solía llevar una camisa ceñida y un jersey que le tapaba casi el cuello y llegaba hasta sus caderas. Su melena rubia era corta; su pelo, lacio; su cara, blanquecina. Tenía un culo redondo y unas piernas de futbolista que le hacían menear el cuerpo cayendo de un lado, apretándose a mí, mientras caminábamos por el malecón que llegaba hasta la playa. Ella apenas abría la boca, no decía una palabra; yo intentaba por todos los medios hablar de lo que pensaba que podía interesar a una mujer, pero parece que no daba en el clavo y seguía sin más una perorata que escuchaba en mi cerebro. Ni a ella ni a mí nos preocupaba demasiado que lo nuestro funcionase con una lógica aplastante. Creo que aquella conversación servía –como en tantos casos donde un hombre pasea con una mujer– para llenar de alguna manera el vacío, o porque a la escasa inteligencia de la chica se le podía sumar el claro ofuscamiento del chico. Esa extraña confusión que sufría yo ante el bamboleo de aquellos dos senos subiendo y bajando por el jersey de lana y la camisa apretada contra su pecho cuando íbamos juntos,
uno muy cerca del otro.

Fue mi primera novia, y la verdad, ahora que lo pienso, es que no sé cómo llegamos a comprometernos. No recuerdo lo que dije ni si lo dije, no sé cómo diablos funcionó, pero, fuera o no cierta la necesidad de dos seres cándidos y perdidos en el mundo del amor o del deseo, me recuerdo sin más quedando con ella tras la escuela para escaparnos por las casas alejadas del barrio durante muchas tardes de invierno donde la lluvia no desaparecía de nuestra vista y todo era muy gris y parecía aún No tenía amigos. Los pocos que se dignaban tratarme en la escuela no me dirigían la palabra en la calle. Había alguna vecina de mi madre que se esforzaba para que su hijo me hablase y jugase conmigo, pero ni por esas. Tampoco estaban por la labor mis dos hermanas, a las que avergonzaba su hermanito pequeño. Parece ser que entre sus amigas, su pobre hermanito les hacía perder el tiempo, tan compenetradas como estaban todas ellas en flirtear con los chicos de su edad. Mi madre no insistía demasiado, tampoco se preocupaba mucho por mi estado de ánimo; sabía que sacaba buenas notas, le sorprendía que leyese un libro tras otro y, frente a las andanadas o el desprecio de mis dos hermanas, se limitaba a suspirar, cerrar los ojos y sonreír forzosamente diciéndome que no tenía importancia.”

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