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Olympia © mü

Antes creía en la justicia. Por eso quise adentrarme en los entresijos de la abogacía. Era una ingenua. En la facultad de derecho no te educan para rebelarte y luchar contra los abusos, sino para aprender a aceptarlos. En eso me fijé muy pronto. No albergaba la ilusión de cambiar el mundo. Tan cándida no era. Pero sí esperaba descubrir los vacíos legales que me permitiesen ayudar a los más desamparados y poner mi granito de arena. Quien hace la ley, hace la trampa.

Sencillamente, perdí la confianza del mismo modo en que un feligrés abandona sus creencias cuando muere de improviso un ser querido. Antes del accidente, después del accidente. Poco más cabe añadir. ¿En qué justicia iba a depositar yo mis esperanzas? La justicia está bien como concepto abstracto, como ficción, como vocablo. La justicia no reside en los tribunales, ni en los centros penitenciarios ni en los compendios de artículos.

Tener un accidente no fue justo. Que me despojasen de mi juventud no fue justo. Y que Julia Wallace falleciese y a mí me segaran las piernas no fue justo en absoluto. ¿Qué hicimos para merecer ese escarmiento? ¿Cuáles fueron nuestros imperdonables pecados? No estaba al tanto de los pormenores de la vida de Julia, pero hubiera puesto la mano en el fuego porque era tan inocente como yo. Con la cantidad de gente ruin que se pasea por ahí con total impunidad… ¿por qué a ellos no les sucede nada? La metáfora de la justicia es escandalosamente errónea: no debería ser una balanza, sino un dado o una ruleta.

Menos alguna que otra salida esporádica, no podría decir cuánto tiempo estuve bajo reclusión voluntaria. El contacto con la calle me desconcertaba: los peatones, el tráfico, el ruido, el caos.

El transcurso del tiempo había arreglado bastantes adversidades. Lo que no había mejorado, lamentablemente, era la condescendencia insultante de mis padres. Si me disponía a efectuar cualquier quehacer cotidiano, me trataban como a una temeraria. A sus ojos, no servía para nada.

Mi aspiración siempre había sido defender a los demás. Sin comerlo ni beberlo, quedé atrapada en una coyuntura en la que era yo quien tenía que ser protegida. Amelia, la vulnerable. Amelia, la desasistida. Mi vocación de dispensar socorro se transformó en la necesidad imperiosa de pedirlo. Socorro. Socorro.

Un buen día me vi inmersa en un acontecimiento que, a la larga, iba a poner el mundo patas arriba. Mi vida estaba a punto de dar un giro de ciento ochenta grados.

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