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Nombre: Jack Endore. Edad: cuarenta y ocho años. Estado civil: casado. Nombre de la esposa: Renée Endore. Edad: cuarenta y cuatro años. Hijos: dos. Nombres de los hijos: Graham Endore y Alice Endore. Un asterisco sobre el nombre de Graham Endore remitió a Cotard al final de la primera hoja. El asterisco indicaba que el hijo primogénito de Jack Endore había fallecido. Cotard leyó la ficha de cabo a rabo. El informe contenía secciones diversas: una nota biográfica, el historial clínico, los resultados que había obtenido en los diferentes exámenes de la prótesis.

Cotard quiso compartir el expediente con Amelia y Seth. Les hizo partícipes de su intención de sondear a aquel hombre para procurar que se uniera al proyecto. Seth y Amelia se mostraron encantados y le desearon suerte en su intento de convencerlo.

Aunque sabía que presentándose sin avisar en el domicilio de Jack Endore se arriesgaba a no ser bien recibido, Cotard lo prefirió a llamarlo por teléfono. La opción era más grosera, pero quizá también más persuasiva. Fue Lance –el segundo chófer de Cotard– quien lo llevó hasta allí. Jack Endore vivía en una zona residencial llamada Fairbanks. Era una urbanización que estaba al este de la ciudad, a poco más de veinticinco minutos en coche desde el centro metropolitano. Puesto que las limusinas de su colección estaban más preparadas para realizar trayectos cortos sin salir de la urbe, Cotard se decantó por utilizar un cupé de cuatro plazas: un Bentley Continental GT de color escarlata. Cuando Lance estacionó el coche frente al número 17 de la calle Lawrenceville, Cotard le advirtió que no sabía, si es que lo dejaban pasar, cuánto tiempo iba a estar dentro. Cotard vestía una camisa color calabaza de Hermès, un traje color obsidiana de Jay Kos y unos zapatos de piel de lagarto de A. Testoni. Miró a ambos lados de la calle y sintió un escalofrío al comprobar que todas las casas eran clones unas de otras: cuerpo de piedra blanca, tejado de pizarra, jardín en la parte de atrás y puerta de garaje de aluminio de color perla. Cotard se dejó atrapar por un intenso olor a jazmín. A lo lejos se oía el zumbido molesto de una máquina cortacésped. Con algo de impaciencia pero sin asomo de nerviosismo, Cotard pulsó el botón plateado del telefonillo. Esperó durante quince o veinte segundos sin obtener respuesta. Volvió a llamar. Nadie contestó. Con la cabeza gacha, disgustado por el viaje en balde, Cotard apretó de nuevo el interruptor, esta vez más por rabia que por albergar la esperanza de que hubiera alguien en la casa. Y cuando estaba a punto de dar media vuelta y danzar hacia el coche, un sonido chirriante precedió a la primera palabra –premonitoria, quizás, pese a que en este caso fuese en forma de pregunta– que Jack Endore le dirigió a Russell Cotard:

–¿Sí?

La sonrisa triunfal de Cotard fue tan amplia que la cara se le quedó pequeña. Y aunque pareciese imposible tratándose de una situación que teóricamente tenía que haber planeado con suficiente antelación, Cotard improvisó su respuesta:

–Busco al señor Jack Endore. Vengo de parte de Saiph.

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