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Cuando Tito regresó, Julia ya tenía los pasaportes y estaba en el quehacer de seleccionar lo que quería llevarse, Casimira la ayudaba y Camila “perdía” el tiempo con Martín que no la dejaba dar un paso sin él con gran regocijo de la abuela. Les contó Tito de sus entrevistas con la madre de Eve y sus hermanos a los que, como ella le había dicho, pudo conocer y disfrutar; aunque fuese en medio de los recuerdos que los tres le traían de su novia. Se parecían a ella, cada uno tenía algo de aquella indescifrable criatura que le enamoró. Hablaron de todo, le contaron las aventuras de niña de la hermana y acabaron riendo de la testarudez de Eve que, ya desde pequeña, imponía con sentenciosas frases inusuales para su edad. A través de la madre y los hermanos conoció episodios inéditos de ella y su amor creció desde la certidumbre de saber que iba perteneciendo al pasado, nadie ni nada podría desdecirla y se quedaría en su corazón con las pocas felicidades que le pertenecieron de niño. Ella terminó con el exilio de la tierra, le hizo volver y comenzó a liberarse de aquella amenaza de distancia sin solución, pudo, por ella, enfrentarse con los paisajes y los recuerdos, el espíritu se le aligeraba, la losa del tartamudeo y los tantos temores dejaron de habitarle y así se lo refirió a ellos, los hermanos, y a la madre. Vagabundeó por las calles de la ciudad en tanto les esperaba y quiso mirar las paredes de la que fue su casa, recorrer los descampados por los que se aventuró tantas veces de niño. Todavía quedaban restos de la guerra, hasta allí nadie quería mirar ni nadie se acercaba; unos críos hurgaban en los vertederos, comprendía su curiosidad y le costó no sumarse a la búsqueda de posibles tesoros; al reencontrarse con la familia de Eve los ojos le resplandecían, había recuperado algo que era suyo, puede que un poquito de la inocencia del niño que empezaba a pintar y en cuyos dibujos el descampado, anónimo y solo, aparecía con inquietante asiduidad.
El país es esto, un descampado que era nuestro, ni los mayores se acercaban como no fuese para dejar inmundicias. Mi madre desconocía mis andanzas por aquellos andurriales, de saberlo no me lo hubiera permitido pero le mentía al decirle por dónde había estado, aquel lugar me parecía mío, allí no sentía más que la tierra libre.
Admiraba los escajos con sus flores altaneras, le hubiera gustado llevárselos a casa, ponerlos en su habitación en aquel garrafón que guardaba lleno de piedrecitas; no podía, hubiera tenido que decir de dónde los había arrancado, no era lo mismo que las margaritas que crecían hasta en los escasos prados que continuaban en barbecho y que parecía que no eran de nadie; siempre que regresaba con margaritas su madre se alegraba y se apresuraba a ponerlas en una vasija de barro para luego colocarlas sobre la vieja cómoda.
En medio del descampado recordó la vez que se encontró con un hombre y al verle sintió miedo, según recuerda el hombre se le acercó y él pensó en correr pero sintió que sus piernas no le obedecían, parecía que estuviesen clavadas en la tierra.
-No temas -le dijo ya a su lado-, me parece que te conozco, ¿eres el hijo de Roberto, el rojo?
Tito abrió mucho los ojos, necesitaba negar aquello, además, su padre se llamaba Roberto pero no Roberto el rojo.
-Mi padre se llama solo Roberto, no debe ser el mismo que usted dice.