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“Entonces viene la revelación, de golpe, a la frente: esta apariencia no es una apariencia.
He aquí, en realidad, los hombres de la edad de piedra. Realmente, hemos vuelto a miríadas de años atrás, y nos hallamos en el pasado del mundo. Estos seres vivos son exactamente los mismos cuya forma y costumbres se trata de reconstituir con el auxilio de fragmentos de huesos y de piedras.
Comprendo ahora las vías lógicas que para realizarse siguen lo sobrenatural. La situación del lugar ha aislado a este grupo humano durante: siglos. La depresión terrible, brutalmente inaccesible, del terreno, por la cual lo hemos abordado, existe también, sin duda, por los demás costados. La región en Venusque estamos es una especie de cráter, al cual no habría podido descender viva ninguna ola humana. La porción de humanidad que se vio de pronto allí encerrada, no pudo ya subir los contrafuertes gigantescos y a pico que aquí vemos. Es así como en este circuito cerrado, del que nadie puede salir y al que nadie puede entrar, la tribu se ha perpetuado sin el menor contacto con el resto del mundo, desde los orígenes de la especie o quizá, más bien, desde los más remotos trastornos geológicos. Así se ha conservado durante la Edad Media, los tiempos antiguos y las primeras civilizaciones asiáticas. La tribu ha permanecido idéntica, clavada en el cementerio de sus fronteras. He aquí, pues, la génesis. Es aquí mismo donde la luz se hizo.
Ya no reímos. Esta mujer, que oprime a su hijo contra su carne, que se le creería encinta todavía y cuyo vientre y glándulas mamarias penden a modo de odres; esta caricatura voluminosa, de pie ante nosotros, nos da ahora miedo por su terrible realidad, a nosotros, los espectros. Nos tocamos y frotamos las rodillas, como si tratásemos de despertar bien para comprender del todo lo que vemos, y repetimos esta frase extraordinaria:
—He aquí cómo son los hombres prehistórico.”

Elevación, de Henri Barbusse

Traduc.: César Vallejo