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 Blog de Patricio Pron

Un extraordinario deseo emprendedor

Georges Manolescu nació en Ploiești (Rumania) en 1871 y murió en Alemania en 1908; tras escapar de su casa con trece años, recorrió Viena, París y los Estados Unidos. Fue arrestado en Niza y en Génova se casó con una condesa alemana haciéndose pasar por un cierto Fürst Lahovary; a continuación abandonó a su esposa y se dedicó a dejar gigantescas listas de gastos en los principales hoteles de Berlín; fue arrestado, declarado loco y encerrado en un asilo en Dalldorf donde escribió dos libros de memorias: Ein Fürst der Diebe (Un príncipe de los ladrones, 1905) y Gescheitert. Aus dem Seelenleben eines Verbrechers (Fracasado. De la vida interior de un criminal, sin fecha). Su vida fue llevada al cine en tres ocasiones (1920, 1929 y 1933) y sus memorias inspiraron a Thomas Mann su Bekenntnisse des Hochstaplers Felix Krull (1954), pero también las visiones literarias del menos conocido Walter Serner.
Este último no tuvo una vida menos accidentada que la de Manolescu: nació en Karlovy Vary (actual República Checa) en 1889 en el seno de una familia de judíos asimilados, estudió derecho en la universidad de Viena, conoció de primera mano la escena vanguardista de Berlín (ciudad de la que huyó al comienzo de la Primera Guerra Mundial para no ser reclutado), contribuyó al surgimiento del dadaísmo (redactó su primer manifiesto en 1917), deambuló por Europa, escribió relatos breves, poemas y dos novelas cuyos personajes eran criminales y prostitutas y en 1928 abandonó la literatura y desapareció sin dejar rastro; los nazis dieron con él en 1933, en Praga, donde era maestro de escuela: prohibieron sus libros y lo encerraron con otros en el gueto de esa ciudad, donde permaneció hasta 1942. Ese año fue trasladado con su mujer al campo de concentración de Theresienstadt y allí asesinado. Además de recordársele por ser uno de los miles de escritores exterminados por el nacionalsocialismo, el nombre de Serner es conocido por los lectores principalmente gracias a la que sería su obra maestra, Manual para embaucadores (o para aquellos que pretendan serlo), publicada en 1927 y traducida por primera vez al español sólo recientemente.
Manual para embaucadores reúne la mayor parte de las características más notables de los textos vanguardistas, que Juan Albarrán resume en su magnífico prólogo a esta obra: “radicalismo”, “negatividad”, “beligerancia discursiva” y “tendencia al accionismo” (14). Al arremeter “contra todas las convenciones imperantes en la sociedad de su tiempo” (14), Serner practicó la “autoafirmación” característica de las vanguardias históricas consistente en “la negación de todo lo precedente y circundante, de lo artístico y lo político, de la historia pasada […] y los proyectos de futuro” (14-15), pero también se propuso desnaturalizar convenciones sociales presididas por el buen gusto y el esteticismo. Así, y tras un breve y un poco farragoso “Manuel fundamental”, Serner propone un “Manual práctico” en el que se enseña al lector cómo actuar como un impostor en decenas de situaciones: en un restaurante en el que éste no podrá pagar la consumición (“es aconsejable pedir de cada vino sólo media botella, y de cada botella, dejar un vaso para el camarero”, 30), al solicitar en un hotel una habitación para la que se carece de medios, al seducir a una mujer de los bajos fondos o a una rica heredera (“Lleva siempre contigo algunos alfileres, imperdibles, pequeños clavos, cordones y un tubo de pegamento Syndetikon”, 168; “Jamás lleves camisas de seda. A no ser que quieras ser tratante de ganado o jefe de sección de unos grandes almacenes”, 183), al escapar de acreedores y agentes del Estado (“Es más fácil escabullirse de un perseguidor que de la persecución”, 177).
El Manual para embaucadores cumple pues con la prescriptiva que indica su título (de hecho, el autor sugiera a sus lectores que lean la obra mientras degustan una cena en un restaurante lujoso; al terminar de leer la obra, habrán aprendido cómo solventar la falta de dinero para pagarla), y lo hace con la advocación de pequeños criminales como Manolescu, con los que el autor no sólo se identifica a sí mismo sino también a la actividad literaria. Como afirma Albarrán,
“Serner impugna el sistema burgués del arte, ridiculiza la grandilocuencia de la filosofía y la literatura -‘vanas asnadas’-, constata el sinsentido de la vida moderna -‘todo es decididamente una estafa’- y sentencia la muerte del arte -‘el arte fue siempre una enfermedad infantil’- como única vía para su extensión en la vida” (20).
Al equiparar el arte burgués con una estafa y a sus autores con estafadores, Walter Serner no sentencia la muerte de todo el arte, sino sólo la del arte producido como sostén y fundamentación de una vida basada en premisas falsas. “Dadá no produce obras, simplemente se produce a sí mismo como negación que se sigue de la pérdida definitiva de la fe en el arte, en el hombre y en el progreso histórico que había sembrado Europa de cadáveres y trincheras” afirma Albarrán (15). Walter Serner se niega a vincular la escritura con esa vida y, al hacerlo, invita, ya a utilizar las convenciones burguesas para beneficio propio (“El mundo desea ser engañado. Y se pondrá seriamente furioso si no lo haces”, 194), ya a buscar otras formas de vivir y de actuar.
Uno de los efectos más inesperados de Manual para embaucadores (o para aquellos que pretendan serlo) es el hecho de que (a casi cien años de su primera redacción) todavía sigue produciendo ese “estado de extraordinario deseo emprendedor” (16) que el autor anunció en su Letzte Lockerung (Última relajación, 1918); un deseo emprendedor de escribir y de pensar, lo que equivale a decir, un deseo de darse una cena como la que preside esta obra (ostras portuguesas, trucha en mantequilla, espárragos, camembert) o robar un banco, que es igual que escribir y siempre es mejor que fundarlo.

Walter Serner
Manual para embaucadores (o para aquellos que pretendan serlo)
Trad. Luisa Gutiérrez Ruiz
Pról. Juan Albarrán
Santander: El Desvelo, 2011

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