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Cambiemos de escena.

Se llama Isadora R. Veo algunas de sus fotos en un número

atrasado de una revista de moda.

Saltemos, si te parece, hasta el instante en el que conozco

a Isadora. O a cuando todavía no la conozco.

Ahora la ves, ahora no la ves.

Ahora sé quién es, ahora no.

Se llama Isadora R. Modelo de tercera o cuarta fila. Quizá

la recuerdes. Sobrevoló sobre ella un efímero escándalo que le

llevó a la fama al menos durante diez minutos. Isadora pertenece

a la parte gregaria de las modelos, la menos visible.

La belleza se esfuma rápidamente, se sacude, se agita

bruscamente como el pez que recién pescado vibra con torpeza

dentro de una vieja cesta de mimbre.

(La huida es siempre una buena costumbre, una buena

opción)

Me acerco. Cuento al menos tres bujías en mi camino

hacia ella, esparcidas como gusanos moribundos, mientras

su agente me reclama con desgana. Ahí la tienes, dice. Me

observa durante un par de segundos asomando unos ojillos

graciosos y enrojecidos por encima de las gafas apoyadas sobre

la punta de su nariz.

Enseguida me da la espalda.

Hablamos mientras posa.

No. No me importa.

Su brazo derecho reposa escuálido sobre su cintura.

Mi defecto está en las caderas, dice justo en el instante en

el que se recuesta semidesnuda sobre el capó de un Seat Ronda

totalmente oxidado y agujereado, con los bordes cortantes

como una lata de sardinas mal abierta.

El fogonazo de un flash y el grito desesperado de un tipo

gordo, de cabello acharolado, embutido en un traje caro,

hacen que cambie de postura sobre el mismo capó.

Con su cambio de postura también cambio yo.

¿No es eso exactamente lo que hacemos a diario aquí

dentro?

Si no tuviese estas caderas —seduce a la cámara, flash,

continúa hablando— habría llegado más lejos, mucho más

lejos. Pero esto no lo pongas, no, no lo escribas, hay mucha

envidia, añade mientras señala con su dedo largo y macilento

mi pequeño bolígrafo y sonríe profesionalmente.

Otro fogonazo.

Cambia de lado.

Cambio de lado.

Escribo. Hablo de sus caderas.

No tendría que pasarme el día anunciando llantas de coches,

por ejemplo, o ambientadores contra el mal olor, ni

ridículos peladores de patatas para teletienda.

Ella, sin saberlo, quizá sea la clase media de la moda.

Esa clase que posa en desguaces, mataderos, plantas químicas

abandonadas y malolientes, etc.

¿Sabes? Todo no fue así desde el principio…

El truco para anunciar algo horrendo es llevarlo a un

sitio como éste, a un agujero como éste, así, por contraste, la

fealdad brilla, resalta.

Es como la chica fea que busca amigas aún más feas para

poder destacar. Forma parte de la evolución. En algún lugar

lo he leído.

Me habla de su vida. De sus inicios en esto de ser modelo.

Me habla de su vida, y sí, es cierto, eso me gusta. Sí, me

gusta la delicada forma de envolver sus mentiras, como una

dependienta de manos filamentosas y lentas que se entretuviera

en distraer a su cliente.

Sí, es cierto, la cantidad de veces –dice tras otro fogonazo−

que me lo he tenido que hacer con tipos repulsivos,

supuestos empresarios, modistos, modistas… ¿Asco? No lo

sé…

Mete tripa, querida, grita vulgarmente el director de

arte apartándose de la escena, cabizbajo. Camina observando

el brillo de sus botas de punta plateada. El sol se refleja sobre

ellas con un desprecio que parece agradarle.

No me quiere decir su edad. Mientras me cuenta su vida

realiza, ante el fotógrafo y el director artístico, poses tris-

temente sensuales contoneando su cuerpo, mordiéndose la

yema del dedo índice, apartándose el cabello…

Apenas hay luz ya. Los últimos rayos rebotan contra la

luna de un desvencijado Mercedes Benz ¿amarillo? La erosión

de este paisaje es lenta, pero definitiva.

El viento comienza a levantar finas motas de grava que

metódicamente nos envuelven. Desde la suficiente distancia

pareceremos seguramente fantasmas entre coches fantasmas.

Cuando termina se pone una bata rameada, horrible.

Me dice casi soy feliz, y sonríe. Se unta luego la cara con una

crema viscosa llamada Presemce. Me lo enseña sin dejar de

dibujar, como un tic, ese gesto de extraña dicha en su boca.

Tiene los dedos y la barbilla embadurnados de esa masa viscosa.

Es cierto. Mira −me acerca un tarro a la cara−. Es un

preparado con semen de cerdo. Pre-Sem-Ce. ¿Lo ves? El

semen de cerdo retrasa el envejecimiento.

Se detiene en cada una de las sílabas para poder sonreír.

Deformación profesional.

Utiliza las sonrisas como comas en una frase muy larga.

Anochece. La gente comienza a salir de allí apresuradamente

como ratas ante el sonido de una flauta.

Ella sostiene como un pequeño trofeo el semen de cerdo

en su mano.

Tengo un gato, añade mientras recoge sus cosas. Es el

tercero o el cuarto en dos años. Me olvido de ellos −ríe− a

veces se escapan, otras se mueren.

Nos despedimos con dos besos silenciosos. Siento entonces

en mi cara la pastosa forma del semen de cerdo.

Su agente me da el material que necesito.

Gracias.

Sí.

Adiós.

Su problema está en las caderas, pienso en ello mientras

se aleja. La observo. El vaivén de su cuerpo al caminar hace

que vaya dejando paréntesis sin cerrar en el aire.

Al fin, pasadas las horas, salgo lentamente de allí, mientras

la noche comienza a caer sobre nosotros como un pesado

y descuidado toldo negro.

De camino a casa recuerdo haber pasado muy cerca de

una granja porcina y haber sonreído como ella y haber sentido

envidia de los cerdos.

¿Era esto lo que hoy querías oír?

Podemos ir si quieres a cuando era joven y periodista y

casi era feliz. Podemos incluso ir más atrás: antes de conocer

a Isadora R., cuando era

otra persona.Podemos regresar al desguace.

Más atrás.

Más.

Un contrapicado.

Podemos incluso sentir el olor de los coches abandonados.

El olor de la humedad sobre las llantas agujereadas…

Sí. Vayamos más atrás.

Más.

Rebobina.

No. No sé dónde está mi hermano.